Historias

Cómo fue tocar en orquesta por primera vez

Tenía diez años, una parte de tercer violín y la certeza de que todos tocaban mejor que yo. Así fue mi primer ensayo.

Grupo de violinistas tocando juntos en un ensamble

Todavía recuerdo esa sensación de no entender nada, de pensar que todos a mi alrededor tocaban mejor que yo, de perderme en la cuenta de los compases y seguir el ritmo como podía. Tocar en orquesta por primera vez es una de esas experiencias que una nunca termina de olvidar del todo.

El día del primer ensayo

La percepción que una tiene de sí misma, al menos en mi caso, siempre fue peor que la realidad. Pensás que tocás feo, que todos van a notarlo, que van a estar mirando cómo suena "la nueva". La verdad es que al principio todos somos estudiantes, y cada uno está haciendo lo que puede con lo que tiene. Esa era mi percepción en ese momento, aunque sé que la de cada persona es distinta. Todos sentimos algo de temor cuando enfrentamos una experiencia nueva: es la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Y en esos casos, lo único que queda es seguir adelante, aunque el miedo esté ahí.

Tenía diez años, y hacía apenas unos meses que había empezado a tocar el violín. La música ya la conocía desde antes, y leer a primera vista siempre me resultó natural, pero exponerme frente a mis compañeros y al director, con un instrumento que todavía no dominaba, era otra cosa completamente distinta.

Me habían dado las partes de tercer violín. Eran, en su mayoría, redondas y blancas, alguna negra suelta y, muy de vez en cuando, una corchea. Al principio esa simpleza me ayudó a adaptarme, pero pronto se volvió un poco aburrida. Tocábamos versiones simplificadas de obras clásicas, música de películas —nuestras preferidas— y algunas piezas populares y folklóricas. Como en esa época no me gustaba mucho socializar, compartir el atril con compañeros que me resultaban molestos tampoco ayudaba. Pero, de a poco, me fui acostumbrando.

Aprender a escuchar dentro de la orquesta

En ese primer ensayo me perdí más de una vez tratando de seguirle la mano al director. Los ritmos eran sencillos, pero todo era tan nuevo, había tanta información para procesar, que hasta me desencontraba en la partitura. Ya no tocaba sola o con un piano: ahora éramos muchos instrumentos sonando juntos, y se abría frente a mí un universo sonoro completamente nuevo. Escuchar una orquesta desde afuera, como espectadora, es una cosa. Tocar desde adentro es otra muy distinta. No alcanza con seguir tu propia parte y escucharte a vos misma: también estás escuchando a los demás violines de tu fila, a los otros instrumentos con sus partes, y todavía te queda mirar al director, que es quien guía todo el conjunto.

Acostumbrarme a escuchar esa masa sonora vino solo, casi con naturalidad, más siendo una niña todavía. Lo que más raro me resultó al principio fue aprender a mirar las indicaciones del director y seguirlo.

Los demás violines y los instrumentos de cuerda tocaban en fila —varias personas compartiendo la misma parte— pero yo era la única con la parte de violín tercero. Así que, además de ser mi primer día, estaba sola: no tenía a quién seguir entre compañeros más avanzados. Creo que, sin saberlo, eso terminó jugando a mi favor, porque nunca me acostumbré a guiarme de oído. Tuve que resolver la partitura yo sola, sin haberla escuchado antes, y eso entrenó mi lectura a primera vista de una manera que ningún ejercicio hubiera logrado. Tenía que resolver rápido todo lo que iba leyendo. Podés trabarte, pero la música sigue, y no te va a esperar. Hay que engancharse donde se pueda y volver a subirse a la orquesta.

Podés trabarte, pero la música sigue, y no te va a esperar. Hay que engancharse donde se pueda y volver a subirse a la orquesta.

Lo que aprendí con el paso de los ensayos

Ese primer día estaba tan nerviosa que no quise comer nada. Pero la experiencia terminó siendo mucho menos terrible de lo que mi cabeza había imaginado, no pasé ningún papelón, y volví a casa un poco más relajada y con muchísima hambre. Con cada ensayo que pasaba me fui acostumbrando a todo: a afinar en conjunto cuando nos daban el LA, a seguir al director cuando marcaba el compás y los cambios de matiz o de pulso, a escuchar a todos los instrumentos sonando juntos y, al mismo tiempo, a escucharme a mí misma dentro de ese conjunto. Entendí que tenía que adaptar mi sonido a esa masa sonora: ni tocar tan fuerte como para sobresalir sola, ni tan bajito como para desaparecer.

También aprendí que perderse en los primeros ensayos no es ningún drama. Lo importante es la capacidad de engancharse rápido de nuevo. Y aprendí a leer con anticipación: no podemos leer exactamente en el mismo instante en que miramos al director, ni tampoco en el mismo momento en que tocamos, porque llegaríamos tarde. El cerebro tiene que ir unos compases adelante de lo que está sonando en ese preciso momento, para llegar a tiempo con la información ya procesada, sin sorpresas, porque ya la vio venir. Y lo mismo pasa con la mirada al director: si ya sabés lo que tocás, podés levantar la vista de la partitura con tranquilidad, sin miedo a perderte.

Con el tiempo, todo se volvió más cómodo, más conocido. Fui ganando seguridad en mí misma y en lo que era capaz de tocar. Hoy puedo decir, sin dudarlo, que tocar en orquesta es una experiencia maravillosa, aunque de chica haya protestado más de una vez. Es algo que la mayoría de los músicos podemos disfrutar cuando el objetivo pasa por hacer música en conjunto y dejarse llevar por el sonido, corriendo del camino los egos que tantas veces lo entorpecen.

Comentarios

Muy pronto vas a poder dejar tu comentario acá mismo. Mientras tanto, si este artículo te resultó útil o tenés una pregunta, escribime directamente.

Escribirme →

Seguí profundizando

Si esta historia te hizo pensar en tu propio camino con la música, te invito a seguir construyéndolo, paso a paso, con acompañamiento real.

Sumarme al Gimnasio Musical Descubrir MusicalMente →